‘Grandes Maestros del Arte Popular Mexicano’ en Tijuana

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La exhibición “Grandes Maestros del Arte Popular Mexicano” expone obras en barro, madera, fibras textiles, metal y materiales varios, como vidrio, cuero y cera, que revelan la tradición, costumbrismo y muestran muchas de nuestras fiestas por todo el mundo.

Los “Grandes Maestros del Arte Popular Mexicano” tiene más de 20 mil piezas, tanto en bodega como viajando con muchísimas exposiciones, como la de nacimientos, que es una expresión que los grandes maestros han acogido.

Indicó que uno de los fines de la exposición es que vean las piezas de arte popular como una obra de arte, que aprecien que la pieza es bonita y estética en sí y no escenográfica utilitaria.

La colección de México fue la fundadora del programa, y a partir del éxito crearon la Iberoamericana. Esta exposición ha viajado por México, Oaxaca Monterrey, Nueva York, Los Ángeles, Sacramento, Phoenix, Buenos Aires, París, Berlín, Madrid; Ucrania y Líbano.

Para celebrar el bicentenario, también estuvieron en el Parque Bicentenario en Silao y en Acapulco, Taxco y Chilpancingo; así como en San Diego y Chicago.

Las obras son una forma de la institución bancaria para acercar a sus clientes. Algunas son de barro con influencia española como la mayólica que es la técnica conocida como talavera porque proviene de Talavera, España. Aunque fue descubierta por los árabes. Actualmente se aprovecha en el centro de México sobre todo en Puebla, Tlaxcala y Guanajuato.

Destacan también las piezas de barro verde vidriado de San José de Gracia, Michoacán y las Torres de ollas de Huáncito, Michoacán, elaboradas por mujeres. Además de los nacimientos de la iglesia de Acotlán,Tlaxcala y de San Miguel Aguasuelos del municipio de Naolinco, en Veracruz.

En la colección se muestra arte de todos los estados de la República Mexicana, aunque sea una pieza, como los árboles de la vida, de Metepec, Estado de México, y de Izúcar de Matamoros, Puebla, así como los jaguares, los favoritos de la colección, originarios de Amatenango del Valle, Chiapas y El barro bruñido de Tonalá, Jalisco de los maestros Ángel Santos y Salvador Vásquez.

Entre las piezas oaxaqueñas están las de barro negro de San Bartolo El Coyote.

En su charla con Notimex, Rocío Velázquez señaló que hay obras de muchísima tradición de barro con pastillaje como las de Carlo Magno Pedro, quien hace figuras de la muerte muy negras y expresivas. El barro siempre es la expresión más representativa del arte popular, porque es una manifestación que surge de la tierra y que es más fácil moldear.

En madera están las guitarras de Paracho, Michoacán y veracruzanas, así como la marimba chapaneca; cuchareros de madera blanca de Michoacán; y lacas policromadas de Olinalá, Guerrero.

Y qué decir de la Laca China, que se adaptó a la tradición en México con baúles del maestro fallecido Dámaso Ayala, y el Chico Coronel.

La muestra tiene objetos de taracea, que es la incrustación de metal en madera como los espejos de hojalata repujada de Oaxaca y los juguetes y ruedas de la fortuna de Guerrero.

Impresionan las máscaras de fiestas y tradiciones de pueblos de la danza del jaguar de Guerrero, de Papantla, Veracruz; la danza de los viejitos, de Michoacán; Parachicos, de Chiapas; Del negrito, y máscaras huicholas de Nayarit, entre otros.

Los cuadros del artesano Eduardo Sánchez, de Monterrey, rescatan las técnicas plumarias prehispánicas. “Los aztecas hacían muchísimo trabajo de plumaria y cuando llegaron los españoles se quedan maravillados con la técnica que era para emperadores y sacerdotes”.

La exhibición tiene vidrio soplado, que en México se han perdido casi todas las fábricas. También está la muerte animada, obra de la familia Linares que elaboró los alebrijes y colección de la muerte, tipos populares mexicanos y la catrina.

En textiles muestran telas de la sierra de Hidalgo, manteles, cojines, paños, triques y huipil estampados con tintes naturales. Trabajan con Remigio Mesa, quien brinda a las artesanas hilo de seda y los mejores algodones para que borden bajo su custodia.

Muestran las colecciones de Reboceros, Zarapes del Estado de México; Chales de Puebla, Morelos, y Veracruz; rebozo de plumas de Michoacán; entorchado de Puebla; seda cruda, de Oaxaca; algodón de seda y telas de Santa María, San Luis Potosí, del siglo XIX. Casi todos los textiles son hechos por mujeres; los de pedal los fabrican los hombres y por lo general es lana.

Además está el papel picado para las fiestas de pueblo, recortado por el artesano Jorge Rosano quien ya falleció y que hacía con las tijeras. Todo salía de su mente sin trazar ningún dibujo antes.

Las sillas de montar con machetes de Jalisco, fabricadas con bordado fino para fiestas ocupan lugares especiales y de Yucatán trajeron las hamacas de hilo suave donde duermen.

Exhiben la Xipixapa, que es una fibra suavecita y húmeda para hacer sombreros ya que si se seca al momento de doblarla la fibra se puede romper. También hay petates que ya no se hacen en México, pero que en Nicaragua encontraron a una artesana que elabora algo parecido”.

Explicó que la exhibición preserva las técnicas de todo el arte popular mexicano iniciada por la directora Catalina Fernández y el apoyo de la maestra María Teresa Pomar que fue una de las investigadoras más importantes del arte popular.

Manifestó que en el año 2011 Las señoras Catalina y Teresa se fueron por toda la república mexicana a buscar a los grandes maestros que tuvieran tradición artesanal.

Puntualizó que en 1998 se editó un catálogo que primero se exhibió en el Palacio Iturbide y después empezaron con una itinerancia muy larga por la República Mexicana, los Estados Unidos y Europa.

Expresó que en 2007 este programa se extendió y se creó una colección de los grandes maestros de arte popular de Iberoamérica y para ello visitaron los 22 países iberoamericanos para tener una colección que también viaja.

Las piezas fueron coleccionadas por la directora Catalina Fernández desde el 1996 hasta la fecha, porque la colección sigue creciendo.

En total son 117 cajas que se transportan en tres tráileres, de México a Tijuana, que tardaron cinco días de traslado vía terrestre.

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