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Diálogo / Los Mexicanos debemos celebrar con valor y libertad

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David Figueroa

Este martes iniciamos el mes más grande en nuestro país, el de los festejos por la independencia y la libertad de México; el mes de las luces, los colores, el tequila, el mariachi y lo más importante: el orgullo de ser mexicanos!

Es innegable el amor a nuestra tierra y nada difícil festejar a lo grande, gritar de corazón ¡Viva México!…Pero ¿Realmente cuál es el motivo de nuestro orgullo además de haber nacido en esta tierra?

Como país pasamos momentos de seria dificultad en lo económico, en la pérdida de valores como la familia, la honestidad, la verdad, el respeto, la tolerancia y el respeto a la vida misma.

Una severa crisis en nuestro sistema político-partidista; en nuestras instituciones; y de credibilidad…que es lo más grave.

Los partidos políticos cada uno con su propia crisis interna; los gobiernos todopoderosos sin autocrítica alguna y con una oposición sumamente débil, al fin que son los tiempos de los acuerdos y las negociaciones, ¡pero para los mismos de siempre!

Los ciudadanos peligrosamente comienzan a conformarse con expresar su descontento y desahogarse en las redes sociales; los que llegan a tener acceso a internet que aún es la minoría, porque al resto ni esa satisfacción le queda.

La celebración de nuestra patria es el mejor momento para recordar antes de festejar, que México somos todos: el que se queja y el que se calla, el que actúa y el que prefiere el confort de las cuatro paredes de su hogar, humilde o con todas las comodidades; el que sale a trabajar por un salario mínimo o el que lo hace por más.

La carencia en valores y la deficiencia institucional nos afecta por igual porque aquí vivimos, porque aquí están nuestras raíces, porque aquí crecen nuestros hijos y crecerán nuestros nietos.

Paradójicamente a veces esto lo tienen más claro nuestros paisanos que viven en el exterior. Esos ciudadanos que construyen México a la distancia, no con reproches, sino trabajando duro, de sol a sol y que con sus remesas representan la segunda causa de ingresos a nuestro país después de los ingresos petroleros.

El nuestro es un país con miles de historias de éxito que surgen desde la adversidad; familias enteras que sobreviven, historias de individuos que no se dejan vencer.

Pero como sociedad, en la colectividad esa historia de éxito deja mucho que desear, en gran parte  por la desesperanza generada por la clase política que tiene al país inmerso en corrupción, impunidad y succionando el presupuesto para su propio bienestar.

Por eso la mejor manera de festejar nuestra independencia, las libertades de las que afortunadamente aún gozamos, es haciendo uso de esa libertad para determinarnos a actuar y saber exigir con energía.

Un país en anarquía donde los poderosos hacen uso de ese poder en toda magnitud y el ciudadano aguanta perdiendo esperanza y respeto institucional es el peor camino que podemos tomar.

Urge madurar este sistema democrático, representativo y judicial, que en teoría es muy bueno, pero está coaptado por la ambición y el egoísmo. Con valor y con valores debemos ir más allá de la queja y la denuncia.

Se requiere un nuevo perfil de funcionarios y gobernantes, pero también se requiere un nuevo perfil de ciudadanos, que celebren su independencia reflexionando sobre el país que ineludiblemente entre todos construimos.

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