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El Papa Francisco en México

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Por Germán Orozco Mora

A unas cuadras del metro Insurgentes de la Ciudad de México se encuentra el Templo de la Sagrada Familia, en la Colonia Roma.

Como en 1926, noventa años hace. Cada domingo en el altar del hermoso templo se reciben cincuenta despensas. La mismas que promovió e incluso repartía a pie o en bicicleta el sacerdote zacatecano Miguel Agustín Pro Juárez, de la Compañía de Jesús, en plena persecución religiosa.

A un costado del templo se conservan para su veneración los restos del jesuita fusilado en rueda de prensa por órdenes de los generales Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles en plena Guerra Cristera, donde la misión de Obregón y Calles era “desaparecer” a la Iglesia Católica.

Ni desapareció ni acabaron con ella, porque como diría un cardenal: “Ni nosotros hemos podido acabar con ella…”. Porque la Iglesia Católica es obra de Dios, no de los hombres.

No es lo mismo ser confesor como lo fue el fraile franciscano san Junípero Serra que andar a salto de mata perseguido por la “secreta”, la policía gubernamental encargada de ejecutar acciones extrajudiciales, como lo fue el juicio contra el padre Pro en 1927. Como en Rusia, en México se puso de moda perseguir a la Iglesia Católica, un estado anticristiano, mas no laico.

Llega a México el Papa Francisco y la esposa del presidente Enrique Peña Nieto le ofrece una producción musical para darle la bienvenida y recabar fondos para el Hospital Infantil de México (Federico Gómez), en apoyo a los niños con diversos padecimientos. La primera dama, Angélica Rivera dio a conocer el disco “México se pinta de luz”.

Diría el historiador eclesiástico Pbro. Manuel Olimón Nolasco, qué difícil es separar el Estado de la Iglesia, si el Estado está compuesto por las personas que en México profesan su fe católica en más del 80 por ciento, es muy remoto separar la Iglesia del Estado, porque el pueblo de Dios es la Iglesia y el Pueblo de México conforma el Estado mexicano.

Hace 90 años la Santa Sede había roto relaciones diplomáticas con México, incluso después de la Independencia. Por un milagro de Dios, hoy la Iglesia Católica tiene a la cabeza un Pontífice latinoamericano, argentino. Y es sacerdote jesuita como el mártir mexicano Miguel Agustín Pro.

Los religiosos mexicanos cuentan con importantes centros de derechos humanos como el Miguel Agustín Pro de los jesuitas, o el Fray Francisco de Vitoria de los padres dominicos. El pueblo mexicano, sobre todo en el Sureste, vive unas situaciones ya históricas de injusticia social. Los religiosos han canalizado y documentado  miles de atropellos y violaciones a los derechos humanos a manos de caciques y grupos paramilitares que lejos del centro de México recurrentemente pisotean los derechos de los pueblos indígenas perpetuando las injusticias como son los salarios de hambre. Ya en 1990, antes del alzamiento zapatista en Chiapas, el obispo Samuel Ruíz (+) denunciaba el salario de 15 pesos que al día recibían los indígenas chiapanecos por jornadas laborales de 12 a 14 horas.

Junto con la alegría por la presencia del Papa Francisco a México, hay que estar conscientes de la amargura de las situaciones que en el país siguen viviendo como en el contexto de la Revolución –que según Jean Meyer, acabó en 1935) y la persecución religiosa; millones de mexicanos en el Sur como en todo el país siguen sufriendo por falta de oportunidades o por la impunidad y corrupción de muchos malos gobiernos desde siempre, incluso desde la Conquista y la época Colonial.

Por eso con nuestra oración por el Papa Francisco, tendremos ocasión de escuchar su mensaje enmarcado en los desafíos pastorales (mundiales) en México como son la pobreza, la inseguridad, la migración, la explotación, la corrupción, la indiferencia religiosa, el egoísmo.

El Papa viene como fue a Cuba, como un “Misionero de la Misericordia”. Por eso le veremos primero orando ante la Virgen de Guadalupe, después con los jóvenes, con las autoridades, con los niños, con los migrantes, con los indígenas, con los presos, etcétera, siguiendo el itinerario marcado por Jesús según el relato del evangelista y apóstol Mateo (25,35). “Todo lo que hicisteis a uno de estos de los más pequeños e insignificantes de mis hijos a mí me lo hicisteis”, palabras que repetía de memoria la santa Madre Teresa de Calcula, que promovió más de 500 casas de caridad en muchos países de la tierra.

Históricamente la Iglesia ha sido defensora de los pueblos: De las Casas en Chiapas, Serra en Querétaro y Baja California, don Vasco en Michoacán, Cabañas en Guadalajara, Kino en Sonora y Arizona, etc.

Creo que el Santo Padre Jorge Mario Bergoglio, no viene a pelear con nadie, es Padre y Pastor (Papa), y como jesuita y como latinoamericano no puede callar ante las injusticias que se viven en este rincón latino que es México. No se puede vivir con la conciencia en paz viendo tanta injusticia como hoy vive el país, habrá que promover soluciones, una vez más. Por el bien de millones de personas que requieren ayuda y por la conversión de millones que no viven plenamente su fe sin amar a Dios, menos al prójimo, al insignificante, al que es menos, a los “pequeños”, los pobres.

*Nota: puede seguir en vivo la visita del Papa Francisco a México a través del SIAG, Servicio Informativo de la Arquidiócesis de Guadalajara, con adelantos ya de los lugares que visitará.

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