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El fantasma del Cristianismo

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Germán Orozco Mora

Si no es verdadera la resurrección, perdió Cristo el fruto de su pasión. San Agustín, Sermón 229

Ni los apóstoles creyeron inicialmente en la resurrección de Cristo. Al verlo resucitado creyeron, pero ver un fantasma.

Un fantasma meramente “espíritu” sin carne humana; no un espíritu encarnado como comprobarían después; inicialmente se pensó el cristianismo como imaginación, no encarnación.

En estos días apareció en Zeta, una frase en Doblesentido: “¿Por qué no resucita el gobierno del estado?” …o algo similar.

Los cristianos que no vivimos la fe verdadera, no resucitamos a una vida nueva cada Semana Santa, por decir algo; porque no creemos las verdades encarnadas en Cristo. Las creemos a nuestra manera, las hacemos a nuestra medida; no comemos carne, porque tenemos mariscos; no entendemos las promesas de Cristo al sacrificar algo por alguien, por el débil, por el necesitado.

Originalmente el cristianismo visto por los apóstoles nació como maniqueísmo, es decir, no creer en la realidad humana de Cristo, sólo en la realidad espiritual, fantasmal.

La sangre, la vida, la carne del cristianismo son los mártires que como Jesús encarnan generación tras generación la vida en el martirio; personas que dan su vida por la comunidad (cristiana en este) para enseñarles la verdad.

Remacha san Agustín sobre la resurrección del Señor, que le costó hacer entender, abrir la inteligencia de los apóstoles que le acompañaron por tres años, viendo, comiendo, descansando, sufriendo, bebiendo, durmiendo, trabajando con él, verlo en la cruz, con su pasión y muerte y no reconocerlo al regresar a la vida humana, resucitado del sepulcro.

Así andamos nosotros con el rosario colgado en el espejo, en el pescuezo, tatuado en la espalda o en el pecho; un fantasma colgado o tatuado; y luego lo aventamos a las chácharas porque no creemos en las imágenes; claro, nunca creímos en él, porque no vivimos como él. No lo entendemos.

Por eso Jesús resucitado se encarna en el periodista mártir; en la madre abnegada y dolorosa; en el hijo o hermano resucitado en el centro de rehabilitación, o en el grupo de oración; en el hombre nuevo, en el político que no está pensando sólo en sus intereses.

Los cristianos hacemos infructuosa la pasión de Cristo cuando nos negamos a vivir como amigos de Jesús. Lo vivimos de lejos como un fantasma, y eso es maniqueísmo, ver la vida de lado, de un solo lado; una pasión inútil, sin sentido.

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