Amo a mi familia

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El Eslabón Perdido

Humberto Melgoza Vega

Cuando recién se conocían los primeros casos de coronavirus en China, luego en Europa y después en América, hasta que el 11 de marzo fue declarada como una pandemia de alcance global por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y que inevitablemente llegaría a México supe que debíamos cuidarnos como familia.

Si el 80 por ciento de las personas se van a contagiar, como decían los primeros informes, “hay que cuidarnos y protegernos para que no seamos ninguno de nosotros”, fue la consigna que nos propusimos a través del grupo de WhatssApp de Los Melgoza, recomendación que se hizo extensiva para sobrinos, primos, cuñados, nietos.

Formada en Mexicali por los michoacanos Gilberto Melgoza y Celia Vega –que en paz descansen–, los Melgoza Vega es una familia numerosa, como las de antaño: Gilberto el mayor, nacido en Mexicali; José Luis, nacido por accidente en Zamora, Michoacán; María de Jesús y Eloísa, nacidas el 19 de enero, con dos años de diferencia, en Mexicali; Blanca Lourdes e Irene, quienes fueron registradas en Luis B. Sánchez, Sonora, cuando los viejos vivieron en la colonia La Bolsa; y como pilón, Humberto, el consentido, y Cecilia la mirruña.

Con una familia tan extensa, que abarca hasta el Valle Imperial, y con Mexicali y la región como foco rojo de la pandemia, era inevitable que el virus nos alcanzara. En mayo se contagió una sobrina, a ella se lo transmitió el virus su esposo y sus dos niñas también se contagiaron, aunque luego de semanas difíciles y gracias a su juventud, la libraron.

Luego, por otra vía, los papás de mi sobrina se infectaron, mi hermano mayor Gilberto, a quien quiero mucho, y su esposa la Coco, mi primera cuñada, quienes desde entonces se mantuvieron aislados, en rigurosa cuarentena.

No acostumbro referirme en mis columnas a cuestiones personales y menos tan íntimas, tampoco a escribir en primera persona, por lo que ofrezco disculpas de antemano pero esta es una ocasión especial, en medio de una situación extraordinariamente difícil.

Tengo la fortuna de tener a una linda familia, pero Blanca, Mimi, como le decimos de cariño, es de otro nivel. La doctora frustrada de la familia (se quedó en 5to semestre de la carrera de Medicina en la UABC, ustedes se imaginarán por qué) no deja de sorprenderme, por la luz que emana, aun en medio de las peores adversidades.

Contra todas las recomendaciones, sin importarle que se pudiera contagiar de la peligrosa enfermedad, se armó de valor, se puso guantes, doble cubre-boca y camisa de manga larga y se metió a la casa de Gilón para inyectarlo, decidida a mitigar su dolor.  Me la imaginé como un bombero que se mete a una casa en llamas, para salvar a quien se encuentra en su interior. No se esperó a que le llevara su overol, careta, mascarilla N-95 y espray sanitizante.

Lamentablemente, el caso del mayor de la familia se fue complicando hasta que se volvió grave, ya internado en el Hospital General, intubado, luchando literalmente por su vida.

Como gente de fe, ponemos en manos del Creador la salud del “pastor” Gilberto Melgoza –siempre le di “carrilla” porque se la llevaba en la iglesia Cristo Rey, de Palaco–, soldado de Dios, de una fe inquebrantable; y de la ciencia médica, atendido como si fuera pariente del gobernador en el Hospital General.

Ahorita no es tiempo de reproches, ni de reclamos, de lo que se pudo haber hecho y no fue, más bien son tiempos de comunión y solidaridad para que todos los que sufren el embate del coronavirus salgan bien librados de la batalla.

Por el alivio de todos los enfermos del temible Covid19, amén.

Humberto Melgoza Vega
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