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El Milagro de las Rosas

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Germán Orozco Mora

El católico besa una estatua de María

Como besa un retrato de su madre:

Homenaje y amor a la persona representada,

No al palo o al cartón. Alfonso Junco

Siempre la humanidad estará necesitada de la intercesión maternal, de la ternura y suavidad de la mujer. Como en 1531, hace cuatrocientos ochenta y cuatro años apareció en México Nuestra Señora de Guadalupe, la Madre de Cristo.

Como en Lourdes, Francia; en Medoujorge, Yugoslavia; en Fátima, Portugal, en México la Virgen María se aparece a personas muy sencillas, en este caso a Juan Diego y a su tío Juan Bernardino.

La misma Virgen María, humilde joven hebrea recibe la visita del Ángel Gabriel, quien le anuncia el nacimiento del Hijo de Dios.

El cristianismo está rodeado de sencillez. Por eso quizá muchos cristianos antiguadalupanos están envueltos en la frialdad de sus pensamientos, de su escepticismo académico y en ocasiones de un ateísmo ridículo.

María es nuestra Madre. ¡Tristes de aquéllos que no la conocen! ¡Tristes de aquellos que, conociéndola, la olvidan, o por el orgullo de la inteligencia o por el desvarío de la carne! Profundamente humano, Cristo lloró a vista de todos. Y nosotros, cristianos, tampoco tenemos por vergüenza el llanto. Más bien, con sencillez de niños, deberíamos dejar nuestras lágrimas en el corazón de una madre.

Recientes en México las celebraciones del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución. Reciente el Tricentenario de la muerte del misionero jesuita Eusebio Francisco Kino (1711), importante mencionarlo pues gracias a su empeño, obtuvo de Juan Correa, pintor virreinal, una copia de la imagen del Tepeyac, primera representación de Nuestra Señora de Guadalupe traída para evangelizar el Noroeste Novo hispánica en el siglo XVII.

Mensajero de la Virgen de Guadalupe lo fue en el siglo XVIII fray Junípero Serra en las Californias, el Padre Kino en Arizona y Sonora.

Alma de la Independencia es la Virgen de Guadalupe. El Padre Hidalgo toma en Atotonilco el estandarte de la Señora. Sus tropas se congregan y enardecen al grito de “¡Viva la Virgen de Guadalupe!” y en los sombreros portan la venerada imagen. El Padre Morelos lleva en su ejército el regimiento “Guadalupe”; al triunfar en Oaxaca, conduce a la Virgen en procesión militar desde la catedral hasta su santuario. Y en 1813, Morelos, por bando solemne, declara “traidor a la nación” al que no rinda culto a la Virgen del Tepeyac.

Don Vicente Guerrero, Presidente de México en 1829, hace traer las banderas arrebatadas en Tampico a la vencida expedición española, y las deposita solemnemente a los pies de la Virgen de Guadalupe.

Iturbide, con aprobación del Congreso, funda en 1822 la Orden de Guadalupe. La Virgen es, históricamente, el alma de nuestra independencia. El mismo Benito Juárez, cuando formula un calendario ”laico”, mantiene el 12 de diciembre como fiesta oficial. Y un liberal como don Ignacio Manuel Altamirano, confiesa en 1884 que: “El día en que no se adore a la Virgen del Tepeyac en esta tierra, es seguro que habrá desaparecido, no sólo la nacionalidad mejicana, sino hasta el recuerdo de los moradores del Méjico actual” (Paisajes y leyendas, tradiciones y costumbres de Méjico).

Ramón López Velarde, el poeta zacatecano, sensible a la esencia de nuestra Suave Patria escribirá que: “Nuestra dolorosa nacionalidad, discutida por muchos y negada por no pocos, seguirá achatándose en su arista casi única: la religión, si en los palacios diocesano y aun en el Nacional, se descuidan”.

Dirá don Alfonso Junco en “El Milagro de las Rosas”, que sobre la inepta y agresiva “desguadalupanización” acometida por protestantes que así exhiben su exótico divorcio del alma nacional, sube la imponente marea guadalupana. El paso de los siglos no fatiga ni arrumba el fervor inicial: lo tonifica y lo recrece. Hoy más que ayer, mañana más que hoy, constituyen el santo y seña de la patria.

Burdo agravio, tildarnos de idólatras por la reverencia a las imágenes: pues es verdad elemental que en ellas reverenciamos la persona que trasuntan, no la piedra o el palo o el lienzo; como al descubrirnos ante la bandera nos descubrimos ante la patria y no ante el trapo; como al besar el retrato de nuestra madre, besamos a nuestra madre y no al cartón.

Nada más nuestro como mexicanos que la Virgen de Guadalupe. “Nuestra fuerza está en lo nuestro, en lo radicalmente nuestro, en lo que es fisonomía de nuestro espíritu, savia de nuestra cultura, pulso de nuestra sangre. Nos incumbe exaltarlo y defenderlo, acaudalarlo y difundirlo. Hemos hecho, con torpeza de renegados y suicidas, lo contrario. Calumniamos nuestra tradición y nuestra esencia y, arrojando por la ventana el tesoro familiar, nos hemos puesto, así culpablemente desarrapados, a mendigar lo extranjero. En vez de remedar, atolondrados, lo mediocre o lo peor que cunde en Norteamérica, debemos y podemos fortalecer nuestros auténticos valores. Y, más aún: difundir su luz y su fragancia”. (Alfonso Junco, El Milagro de las Rosas, Jus, 1965).

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