Semanario Contraseña

La clave de la información

El Eslabón Perdido / No hay que ser ojeis

[vc_row parallax=”” parallax_image=”” hide_border_bottom=”” dark_section=”” no_bottom_padding=””][vc_column width=”1/1″][vc_column_text]

 Humberto Melgoza Vega

La relación entre los medios de comunicación y los políticos quienes ocupan las oficinas de gobierno siempre ha sido tortuosa. Es una convivencia de aparente co-dependencia, en la que uno necesita material susceptible de ser publicado, y la otra parte del medio que lleve el mensaje y las obras que les interesa difundir entre la población.

La misión de los periodistas no es la de convertirnos en voceros del gobierno, ni mucho menos en cómplices; por el contrario, la labor de un buen reportero es la de servir como contrapeso, de mantener una postura crítica, más del lado de la sociedad –que busca información de calidad, que los ayude a entender los entresijos de la burocracia– que del poder.

En ambos sentidos debe existir una relación de respeto, profesional, institucional, sin llegar a la incondicionalidad, a la genuflexión.

Es muy normal que cuando un periodista llega a una oficina de gobierno como vocero, prontito se les olvide lo que tanto pregonaron y exigieron desde su anterior trinchera: apertura, acceso a la información, libertad de expresión y empiezan a condicionarte; te doy pero no me pegues.

Algo no hizo bien desde el gobierno Jorge Morales que hoy está pagando las consecuencias, encerrado en el Cereso de Hermosillo, acusado por empresarios de los medios de comunicación, quienes antes fueron sus colegas, de extorsión.

A Jorge Morales lo conocí desde que era reportero razo en El Imparcial, cuando vino en el ’98 a San Luis a reportear sobre el crimen sin resolver de Benjamín Flores, director fundador del extinto diario La Prensa.

Años después me lo volví a encontrar aquí mismo durante un informe de gobierno de Rubén Espino, ya había escalado hasta subdirector editorial de El Imparcial y apenas me saludó.

Luego estaría como director del diario Frontera en Tijuana, también de la familia Healy, en donde trabó una fuerte amistad con su tocayo, el polémico Jorge Cornejo, quien le echó la mano cuando cayó en desgracia. Luego Morales se integraría en el equipo de Guillermo Padrés, quien lo nombró secretario de Comunicación Social y en 2012, en reciprocidad le dio a Cornejo una comisión como operador de medios  en San Luis Río Colorado.

Desde su posición como poderoso secretario,  Morales emprendió una agresiva política de comunicación social, tratando de posicionar la imagen de su jefe, cuidando la del resto del gabinete, difundiendo hasta donde fuera posible las buenas acciones de gobierno, tapando los aspectos negativos, que para eso le pagaban.

En el camino, como era de esperarse, se enemistó con algunos comunicadores, quienes no fueron incluidos en las pautas publicitarias, imposible darles a todos, cientos de publicaciones, muchas de ellas ciertamente “patito”; algo pasó que al final terminó por distanciarse con algunos medios y periodistas que durante gran parte del sexenio estuvieron en la “polla” pero que al final se les retiró el subsidio. Entonces se convirtieron en sus enemigos.

Para Morales no debió haber sido nada sencillo lidiar con decenas de periodistas, en su casi totalidad identificados con el PRI, quienes de repente enfrentaron un conflicto existencial al tener que hablar bien de un gobierno panista –la publicidad manda–, aunque de salida al sexenio volvieron a su origen y emergió el monstruo beltronista que casi todos llevamos dentro.

Desde el poder, ya ven que éste marea, Morales cometió algunos excesos, sobre todo el desplegar algunas campañas negras –finalmente se trataba de ganar la elección a como diera lugar–, pero el más grave sin duda fue el no repartir de manera más o menos equitativa el presupuesto, de no ceder ante el chantaje y los “periodicazos”, de aprovecharse del cargo para hacer billetes.

A Jorge Morales lo están acusando de extorsión propietarios de algunos medios de comunicación a los que contrató publicidad y luego supuestamente les pidió una mochada para agilizar el pago de las facturas. Si los dueños de estos medios accedieron a tal petición no es de machos que ahora se estén rajando, tratando de paso quedar bien con el nuevo gobierno, que seguramente sabrá recompensarlos.

La gobernadora Pavlovich tomó como bandera el combate a la corrupción y ante una sociedad sedienta de sangre le ofrendaron, por lo pronto, a este ex funcionario al que encontraron más vulnerable, un verdadero pez chico si lo comparamos con las belugas y ballenas azules que siguen en mar abierto y deberían estar en cautiverio, si se les demuestra el desvío de miles de millones de pesos que se presume, sus nombres: Guillermo Padrés, Roberto y Luis Felipe Romero, Alejandro López Caballero, Carlos Villalobos y Mario Cuen, Teresa Lizárraga, Bernardo Campillo y un largo etcétera de personajes que antes de ser juzgados por la autoridad ya fueron sentenciados y quemados en leña verde por la opinión pública.

Con esta columna no pretendo erigirme en defensor del ahora defenestrado ex funcionario estatal, porque ni amigos somos, si acaso poner en su justa dimensión el difícil si no es que imposible arte de quedar bien con todos. Ya son tantos los que están haciendo leña del árbol caído, regodeándose ante la desgracia del tremendo pelón, engullendo sus carnes como caníbales, que un poco de vegetarianismo no hace daño.

Vale la pena aclarar que a CONTRASEÑA, como a muchos proveedores, y no solo del área de comunicación, le quedaron a deber un montón de facturas, de las que se hizo el occiso y no pagó el tesorero Mario Cuen, pero en ningún momento Jorge Morales ni siquiera me insinuó que a cambio de una “comisión” podría intervenir para que saliera el respectivo cheque, a pesar de que le di un chingo de lata.

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

Deja un comentario

×

Powered by WhatsApp Chat

× Platique con nosotros